LA COLUMNA DE EDGARDO NOVICK

Punto final a la ordinariez

13 de marzo de 2015

La candidata oficialista Lucía Topolansky volvió a utilizar el insulto y la descalificación personal para referirse a nosotros. Primero fue su marido, que en un acto partidario lanzó una hilera de exabruptos, en su clásico estilo malhablado y pendenciero. Ahora es ella, que dejó por un momento sus promesas demagógicas de “agenda verde” y “acupuntura urbana”, para pasar a calificar burdamente a quienes la desafiaremos en las urnas.

Es cierto que yo no voté al Frente Amplio en 2014, pero también es cierto que respiré aliviado el primero de marzo pasado, al ver que la Presidencia de la República volvía a ser desempeñada por una persona culta y respetuosa.

Soy uno de los tantos uruguayos que padeció con estoicismo cinco años de un presidente que dio el peor ejemplo a nuestros jóvenes, por su manera ordinaria de expresarse, su discurso intolerante, su desprecio por el trabajo esforzado y digno y sus insultos permanentes contra periodistas, abogados, maestros, empleados públicos y cualquiera que osara pensar diferente. Que con un estilo de gobierno caótico e ignorante, nos metió en líos inmensos y carísimos para el país, como los de Pluna, la megaminería y el de estos ex presos de Guantánamo, que él trajo para que los uruguayos les paguemos eternas vacaciones.

Pero el peor legado de Mujica no está en estos disparates. Está fundamentalmente en la consolidación de una prédica desintegradora de la sociedad. Está en la idea de que “los uruguayos somos atorrantes y está bien que así sea”, porque según dijo varias veces, es preferible trabajar menos a esforzarse por progresar. Así, el mensaje que dio a la sociedad durante cinco años fue que no es un mérito superarse, que es preferible ser pobre y depender de la limosna de un gobierno que compra votos, a educarse y trabajar para labrarse un porvenir.

Esto es el reverso exacto de lo que a todos nos enseñaron nuestros abuelos inmigrantes, que no dudaban en sacrificarse veinte horas al día detrás de un mostrador, trabajando la tierra, levantando paredes o cargando cajones de verdura en la feria, a cambio de que sus hijos pudieran estudiar y alcanzar un título que les diera un mejor futuro. Ese país integrador y con movilidad social, por el que lucharon Batlle y Ordóñez, Herrera y Frugoni, fue aplastado por Mujica, con su desprecio hacia los “platudos y cajetillas” y aún a la esforzada clase media, y con su habitual discurso demagógico para engañar a los menos tienen.

En el momento en que empezamos a mostrar en nuestra campaña que hay otro Montevideo, un Montevideo del que ni Topolansky ni Martínez hablan, que es el de los asentamientos y los vecinos olvidados por la Intendencia, en ese momento empezaron los insultos de Mujica. Son indicativos de una reacción destemplada y chabacana ante la vergüenza de no haber cumplido con los “pobres” de los que tanto se ha llenado la boca. Puras mentiras.

Por eso, cuando nos tratan de boniatos y payasos, cuando nos dicen que no sabemos lo que es la pobreza, desconociendo en forma flagrante nuestro origen, en realidad están usando el único “argumento” que tienen para justificar su inoperancia.

Ojalá que con el nuevo presidente y con un recambio (¡por fin!) en la conducción de la Intendencia de Montevideo, los ejemplos que envíen los gobernantes a la población vuelvan a ser los correctos: educación, respeto, tolerancia, trabajo y honradez.

 

Ver más artículos de: Blog